Dumitru Prunariu: “Nadie habría imaginado que 20 años, un mes y dos días después de la salida de emergencia de la cápsula antes del aterrizaje de Gagarin, me convertiría en el Gagarin de Rumanía”.

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En Asgardia el Dr. Prunariu forma parte del consejo supremo del espacio y tiene a su cargo las funciones administrativas. La entrevista que les presento es la traducción directa de esta página virtual. Cuyo título original es: Dumitru-Dorin Prunariu sigue siendo un apasionado del espacio; la fotografía que ven ahora fue realizada por Vitalie Brega. La entrevista la realizó
Leonídio Paulo Ferreira. Un honor contar con este material, sobre todo porque en los medios de habla hispana nos encanta saber respecto a personalidades vitales de nuestra nación espacial Asgardia.

Nació en Brașov en 1952, en una época en la que la ciudad se llamaba Orășul Stalin [Ciudad Stalin]. ¿La gente seguía llamándola Brașov?

Sí. En el día a día, la gente seguía llamándola Brașov, el nombre histórico de la ciudad. Orășul Stalin era la denominación oficial, utilizada por las autoridades y por la propaganda. Tras la muerte de Stalin, muchos de los nombres asociados a él fueron sustituidos, tanto en la Unión Soviética como en otros países.

¿Cómo fue su infancia? ¿Tenían sus padres alguna relación con la aviación o con el espacio?

Ninguna. Mi madre, que era maestra de formación, se quedó en casa hasta que entré en la universidad, cuidando de mí y de mi hermana. Para ella era muy importante que fuéramos siempre limpios, bien vestidos y con todo en orden.

¿Cuándo se volvió significativo el espacio para ti?

Primero fue la aviación. Miraba al cielo y veía aviones, unas cosas muy pequeñas volando. Recuerdo tener unos cuatro o cinco años y preguntarle a mi padre qué era aquello, cómo volaba. Él me explicó algo, pero no tenía los conocimientos necesarios, ya que su especialidad era completamente distinta. En aquella época, no se difundían mucho las posibilidades de estudiar aviación. Solo más tarde descubrí que, en el Instituto Politécnico de Bucarest, existía una sección de aviación integrada en la Facultad de Mecánica. Nadie en mi familia estaba vinculado a este campo, pero yo estaba fascinado. Mis padres intentaron disuadirme, porque en Brașov había un instituto politécnico con diversas opciones de formación. Pero mi sueño era la aviación. Me fui a Bucarest, hice el examen de ingreso y comencé a estudiar. Por aquel entonces, la industria aeronáutica rumana estaba en plena expansión. Ceaușescu consideraba la aviación una de las grandes prioridades tecnológicas de Rumanía, capaz de impulsar otros sectores industriales. Se desarrollaron fábricas aeronáuticas en varias ciudades importantes.

¿Para la aviación civil o militar?

Había producción tanto para fines civiles como militares. Gran parte del equipamiento de nuestra aviación militar era de origen soviético, pero Rumanía también buscó desarrollar soluciones propias y cooperar con otros países. Empezamos a fabricar helicópteros bajo licencia francesa, aviones bajo licencia británica y camiones con tecnología de Alemania Occidental. También utilizábamos imágenes de los satélites estadounidenses Landsat. Eran ejemplos de una apertura que reflejaba cierta autonomía de Bucarest con respecto a Moscú.

Volviendo a la universidad, ¿qué estudiaste?

Estudié Ingeniería Aeronáutica en Bucarest, en una época en la que la enseñanza en este campo se estaba desarrollando. Había tres grandes especialidades: estructuras y aerodinámica de los aviones, motores y equipos de a bordo. Elegí la primera, porque mi sueño era construir mi propio avión.

¿El sueño no era ser piloto?

La primera idea fue ser piloto. De niño y durante el bachillerato, construí pequeños aviones en un club de aeromodelismo en Brașov, donde aprendí nociones de aerodinámica y mecánica. Eran modelos pequeños, pero muy importantes para comprender el proceso. Quería construir mi propio avión y luego pilotarlo. Por desgracia, descubrí que la universidad no otorgaba la licencia de piloto; enseñaba a diseñar y construir aviones. Entonces fui al aeroclub, donde tuve la oportunidad de volar en aviones pequeños. Nunca logré construir mi propio avión, pero terminé la carrera y fui a trabajar a una fábrica de aviación en Brașov, mi ciudad natal.

¿Y después ingresó en la Fuerza Aérea?

Fue un poco más tarde. Todos los graduados universitarios estaban obligados a cumplir el servicio militar: seis meses, tras los cuales obtenían el grado de oficial en la reserva. Durante ese periodo, me presenté voluntariamente a la selección para un vuelo espacial y fui elegido. Antes de partir hacia la Ciudad de las Estrellas, en Rusia, el comandante de la aviación militar me preguntó si quería convertirme en oficial de la Fuerza Aérea y me expuso muchas ventajas. La logística del entrenamiento en Rusia corría a cargo de la Fuerza Aérea rumana, y el programa científico, de la Comisión Rumana para las Actividades Espaciales. Acepté. Si no hubiera sido seleccionado, nunca habría sido oficial; habría continuado como ingeniero civil.

¿Cómo fue la selección?

Primero buscaron ingenieros. Evaluaron parámetros médicos y psicológicos: fuerza de voluntad, determinación. En el primer grupo quedamos cinco, y solo uno era oficial de carrera. Después hubo más pruebas psicológicas, así como pruebas de resistencia y aptitud física. Dos se retiraron por iniciativa propia: al saber que irían a Rusia, pensaron que las condiciones serían malas, ya que nadie tenía una idea clara de lo que nos esperaba allí. Los tres restantes realizaron la última fase en Moscú, en el Instituto de Problemas Biomédicos. En esa etapa se detectaron problemas en el aparato vestibular de uno de los candidatos, quien terminó siendo excluido. Dumitru Dediu y yo fuimos enviados a realizar el entrenamiento. Pasamos tres años en la Ciudad de las Estrellas, donde rusos y extranjeros se entrenaban para volar en las naves Soyuz.

¿Ya hablaba ruso?

Mi conocimiento del ruso era prácticamente nulo. Los soviéticos habían pedido que Rumanía enviara candidatos que hubieran estudiado en la Unión Soviética y conocieran el idioma. Sin embargo, Rumanía había reducido esos vínculos y desarrollado su propia formación militar. En la escuela, había aprendido francés y alemán. Nunca imaginé que llegaría a aprender ruso y, al principio, ni siquiera me gustaba la sonoridad de la lengua. En la Ciudad de las Estrellas teníamos ocho horas de clase al día, en ruso, y los instructores se dieron cuenta enseguida de que nuestro nivel era muy bajo. Habíamos estudiado el idioma durante dos meses en Rumanía, pero eso era muy poco. Empezamos a recibir clases de profesores rusos con experiencia en la enseñanza a extranjeros, dos o tres veces por semana. Toda la formación se impartía en ruso y la documentación utilizaba el alfabeto cirílico: íbamos a volar en una nave soviética, con un comandante soviético. El inglés no era el idioma de trabajo de aquel programa, del mismo modo que el ruso no era el idioma de trabajo del programa estadounidense. Al cabo de seis meses, ya me expresaba bastante bien; un año y medio después, hablaba ruso con gran fluidez.

Tras tres años de entrenamiento, llegó el momento del vuelo, en mayo de 1981. ¿Sentiste miedo?

Después de entrenar durante tres años con el deseo de ir al espacio, uno se siente muy bien preparado. Pasamos cientos de horas en simuladores, abarcando todas las fases del vuelo, incluidas las peores situaciones que podrían ocurrir y cómo afrontarlas. El deseo era tan grande que no había lugar para el miedo. Solo existía el anhelo de ascender, ver la Tierra desde allá arriba y llevar a cabo los experimentos científicos que habíamos estudiado. Ser astronauta es algo sumamente inusual.

¿Cuántos hay hoy en día?

El número sigue aumentando y depende también del criterio que se utilice, concretamente de si se incluyen los vuelos suborbitales. En julio de 2026, había 648 astronautas registrados que habían completado al menos una órbita alrededor de la Tierra, y 145 personas que habían realizado vuelos suborbitales. Fui el ser humano número 103 en llegar al espacio.

¿Qué recuerdos guardas de esos ocho días en el espacio?

Existen libros y entrevistas sobre mi vuelo en los que relato muchas de esas experiencias, aunque gran parte de ese material está en rumano. Nunca he escrito una autobiografía. De hecho, he trabajado mucho desde mi regreso y sigo estando bastante activo. Mantengo un fuerte vínculo con las actividades espaciales a través de las Naciones Unidas, iniciativas europeas y organizaciones como la Moon Village Association y la Asteroid Foundation. Viajo mucho y sigo participando en encuentros internacionales.

¿Hablas siempre de tu experiencia?

No solo de eso. Hablo de diversos temas relacionados con el vuelo espacial. A veces me invitan a hablar sobre los problemas médicos del vuelo; estudio a fondo el comportamiento humano en el espacio, también para comprender lo que me ocurrió a mí en aquel entonces.

¿Ya estabas casado cuando realizaste el vuelo?

Sí, y tenía dos hijos. Me casé a los 21 años, durante el cuarto año de la carrera, con una compañera un año menor que yo, también estudiante de Ingeniería Aeroespacial. Tuvimos a nuestro primer hijo cuando aún éramos estudiantes, y ella estaba embarazada del segundo cuando terminó la carrera. Cuando volé, el mayor tenía cinco años y el menor, tres.

¿Se dieron cuenta de que su padre había ido al espacio?

Incluso el más pequeño. Iban al jardín de infancia y a veces hablaban ruso entre ellos, porque conocían más términos sobre juguetes y juegos en ruso. Yo trabajaba todo el día y mi esposa se quedaba con ellos por la tarde. Veían la televisión y nos contaban historias: «El padre de Iván va a una nueva misión al espacio», «el padre de Grisha ha vuelto del espacio». Para ellos, ir al espacio era algo perfectamente normal. Lo difícil fue cuando regresaron a Rumanía y se dieron cuenta de que yo era el único rumano que había ido al espacio.

¿Y tus nietos te ven como a un astronauta?

Por ahora, ninguno de ellos quiere trabajar en la aviación o en el sector espacial. Sueñan con otras cosas; hoy en día, la informática es lo que más destaca. Para ellos, la aviación y el espacio son parte de su vida cotidiana. Han participado en algunas actividades que organicé con niños y a veces hacen preguntas, pero me temo que ya están saturados de estas historias.

¿En Rumanía se le considera un héroe nacional?

Sí. A los ojos de la gente, tengo un estatus muy especial, por ser el único que ha estado en el espacio y por estar siempre involucrado en actividades profesionales. Concedo muchas entrevistas y, cada dos semanas, tengo un programa de una hora en televisión sobre novedades espaciales, en el que explico las cosas a un nivel comprensible para el público. Hasta que haya un segundo, sigo siendo el único. Mi experiencia personal es, hoy en día, solo una pequeña parte de lo que trato. Hablo principalmente de las nuevas actividades espaciales y del futuro; también hablo mucho de la Luna, ya que trabajo en ese ámbito.

¿De qué manera?

¿Qué le llevó a Portugal en 2025?

Fui a Portugal para una reunión de astronautas europeos. La Association of Space Explorers organiza un Congreso Planetario que reúne a astronautas y cosmonautas de varios países. Su sección europea también celebra sus propias reuniones para tratar cuestiones organizativas e iniciativas europeas. En 2025, nos reunimos en Lisboa, con el apoyo de la Agencia Espacial Portuguesa. Estuvimos allí cinco días y visitamos Sintra, el Palacio da Pena, la Quinta da Regaleira, el Cabo da Roca y Cascais. Dumitru-Dorin Prunariu en la Embajada de Rumanía en Lisboa. DR Durante la Guerra Fría existió cooperación entre las superpotencias.

¿Sigue siendo el espacio, incluso hoy —con todas las tensiones geopolíticas existentes—, un ámbito de cooperación?

Sí. Durante la Guerra Fría hubo una competencia muy intensa entre la Unión Soviética y Estados Unidos; sin embargo, en un momento dado, los líderes de ambos países decidieron demostrar al mundo que también era posible cooperar. En 1975 llevaron a cabo la misión Apolo-Soyuz: una tripulación partió de Baikonur en una nave soviética, mientras que otra lo hizo desde Florida en una nave estadounidense. Ambas naves se acoplaron en órbita, las tripulaciones llevaron a cabo actividades conjuntas y regresaron a la Tierra. Tras el colapso de la Unión Soviética, esta cooperación adquirió una nueva dimensión. Los acuerdos alcanzados a principios de la década de 1990 abrieron el camino al programa Shuttle-Mir y, posteriormente, a la Estación Espacial Internacional, que reúne a Estados Unidos, Rusia, Canadá, Japón y socios europeos. La estación ha mantenido una presencia humana continua desde noviembre de 2000. Incluso en periodos de gran tensión política, los programas de vuelos tripulados han preservado diversas formas de cooperación, incluida la participación de cosmonautas rusos en misiones de SpaceX para la NASA y de astronautas estadounidenses en vuelos a bordo de naves Soyuz. Esta continuidad también resulta de la interdependencia técnica y operativa de los socios. El cierre de la estación deberá coordinarse, incluyendo su retirada de órbita de forma controlada.

Hay un asteroide que lleva su nombre. ¿Cómo empezó su vinculación con los asteroides?

Mi participación en este trabajo se remonta a 2005. La Association of Space Explorers reunió a un grupo dedicado a los objetos cercanos a la Tierra, liderado por Rusty Schweickart, astronauta del Apolo 9 y muy comprometido con la defensa planetaria. Trabajamos con colegas de varios países y organizamos cuatro encuentros internacionales, con financiación privada, para reunir a expertos a título personal. Este trabajo dio lugar al informe Asteroid Threats: A Call for Global Response (Amenazas de asteroides: un llamado a una respuesta global), que fue presentado ante las Naciones Unidas. Defendí este enfoque porque la ONU era el foro adecuado para debatir una respuesta global. En 2010, asumí la presidencia del COPUOS por un mandato de dos años y seguí dando seguimiento al tema. Este proceso contribuyó a la creación de dos estructuras internacionales: la Red Internacional de Alerta de Asteroides (conocida por sus siglas en inglés, IAWN) y el Grupo Asesor para la Planificación de Misiones Espaciales (SMPAG). La primera articula la observación y la evaluación de amenazas; el segundo promueve la coordinación entre agencias espaciales en la preparación de posibles respuestas. La defensa planetaria también ha avanzado gracias a misiones como DART, de la NASA —que alteró la órbita de un cuerpo pequeño en un sistema binario de asteroides—, y Hera, de la Agencia Espacial Europea, diseñada para estudiar en detalle los efectos de dicho impacto. En 2016, también en nombre de la asociación, propuse a las Naciones Unidas el reconocimiento de un día dedicado a los asteroides. El 30 de junio fue proclamado Día Internacional de los Asteroides, con el fin de promover la concienciación y la educación en todo el mundo. Un asteroide también recibió mi nombre.

En 1957 tenía cinco años. ¿Recuerdas el Sputnik? ¿Y, más tarde, a Gagarin?

El camino hacia la luna se abre hoy, porque la civilización debería reemplazar el barco medieval por una nave espacial recuperable.

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Es de todos conocido que el avance de los Estados Unidos en materia espacial es muy importante; incluso si vemos que otros países han avanzado en sus logros y tecnología, el tiempo que llevan los Estados Unidos nutriendo su maquinaria espacial es relevante y se reconoce. Al respecto, el Dr. Morozov nos habla de todo esto en momentos en que hay logros que apuntalan el liderazgo estadounidense.

Musk habló sobre los planes para el primer vuelo orbital de la nave espacial Starship para crear una humanidad multiplanetaria, comenzando con la colonización de la Luna.

En esta párrafo que señala el Dr. Morozov es evidente que la palabra colonización aparece ligada a la lógica legal que ampara a los países que desarrollan actividades desde el apoyo de sus gobiernos. Y señala:

Desafortunadamente, no hay un plan de solidaridad, sino de conquista; alcanzar los logros de los otros países es lo que se planea, no colaborar. En muchos sentidos y reconociendo las tensiones entre las potencias mencionadas, esto es de esa forma y no de otra. Por tanto, la Luna se convierte en otra tierra para dominar, donde imperan reglas muy precisas; es algo que ya conocemos y hemos vivido en el planeta que se mueve en ciclos geológicos y geopolíticos, por decirlo de alguna manera…

Les invito a leer el documento del Dr. Morozov y plantar sus propios argumentos y deducciones al respecto.

La última palabra corresponde al mundo entero; la manera de abordar muchas cuestiones puede variar en función de la cooperación internacional necesaria para ampliar las relaciones hacia logros significativos: esperemos lo mejor.

Room sigue adelante con reveladores e interesantes artículos.

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Esta es la nueva portada de la revista y cosmo pueden ver que hay un importante artículo del Dr. Igor Ashurbeyli, jefe de nuestra nación.

Por su parte, en las noticias de la página oficial se menciona este número, donde su cercanía con la celebración de los 10 años de Asgardia es de gran relevancia.

El artículo titulado bajo el título: El nuevo número de ROOM explora el próximo capítulo de la humanidad; nos pone en perspectiva la realidad que como Asgardianos perseguimos y deseamos, señalando el pensamiento de quienes difundimos ideas y formas de acción dentro de Asgardia:

Este número arranca con una entrevista exclusiva de la Ministra de Cultura de Asgardia, Cheryl Gallagher, al Director General de SpaceBorn United, el Dr. Egbert Edelbroek, tras la publicación de la hoja de ruta internacional de la empresa para la reproducción humana en el espacio. El tema lo profundiza Elena Zavadsky en «El embarazo entre las estrellas», que analiza los retos biológicos y prácticos que deben abordarse antes de que la humanidad pueda reproducirse de forma segura lejos de la Tierra.

Otra perspectiva asgardiana la aporta Ariadne Gallardo Figueroa, parlamentaria, escritora y periodista, en su artículo «¿Podrá la humanidad superar su mentalidad primitiva antes de alcanzar las estrellas?”. Pasa de los retos técnicos a la hora de establecer una presencia humana fuera de la Tierra a una cuestión más fundamental: si el desarrollo psicológico y social de la humanidad puede seguir el ritmo de sus ambiciones tecnológicas.

Asimismo, este número analiza la infraestructura y la economía del espacio, que están cambiando rápidamente. Clive Simpson se pregunta si Starlab puede ofrecer a Europa un futuro en órbita terrestre ahora que la Estación Espacial Internacional se acerca al final de su vida útil. Gaia Baroni explora el nuevo reto que representa gravar una economía espacial comercial en expansión, mientras autores de Singapur y Filipinas examinan las ambiciones espaciales de sus respectivos países. Christina Daumann aborda la cuestión de la futura mano de obra espacial en el artículo «¿Quién construirá el futuro de la humanidad en el espacio?».

Asgardia: diez años desde la visión hasta la acción

Asgardia ocupa un lugar especial en este número, pues la Nación Espacial se acerca a su décimo aniversario.

En “Diez años de Asgardia: desde la idea hasta la nación”, el Jefe de la Nación, el Dr. Igor Ashurbeyli, reflexiona sobre la última década y el próximo capítulo del futuro de la humanidad en el espacio. “Asgardia: desde la visión hasta la acción”, un artículo escrito conjuntamente por el presidente del Parlamento, Lembit Öpik, y el primer ministro, Salvos Mouzakitis, analiza los pasos prácticos necesarios para convertir esa ambición en realidad.

El número incluye el artículo “Un foro para el futuro de la humanidad”, escrito por el redactor jefe de ROOM, Clive Simpson, con motivo del 80.º aniversario del Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas.

Además, el número vuelve a abordar uno de los avances más importantes de la exploración espacial actual: el regreso de la humanidad a la Luna. El veterano periodista espacial Ken Kremer comparte su experiencia al presenciar la misión Artemis II desde la sala de prensa del Centro Espacial Kennedy, un momento con el que había soñado desde la infancia. El consultor en tecnología espacial y escritor Mark Williamson, en «Tras los aplausos: lo que realmente significa Artemis II», analiza cómo esta misión supera al programa Apolo en tecnología, enfoque y planificación, y se pregunta qué implica ese avance para el futuro de la exploración espacial tripulada.

En otras secciones, los lectores pueden explorar la posibilidad de que el campo gravitatorio de la Vía Láctea remodele la esfera de influencia del Sol, la evolución del traje espacial Artemis, el legado psicológico de la humanidad, las experiencias inmersivas diseñadas para profundizar nuestra conexión con la Tierra y las reflexiones sobre lo que el programa Apolo realmente nos enseñó acerca de la permanencia en el espacio.

Con artículos que abarcan la ciencia, la tecnología, la industria, la política, la cultura y la experiencia humana, el número 39 de la revista refleja la naturaleza cada vez más interconectada del sector espacial. Su mensaje central es claro: puede que la próxima gran transición no consista simplemente en avanzar más lejos, sino en aprender a permanecer en el punto alcanzado.

El número 39 de ROOM: Space Journal of Asgardia ya está disponible en formato impreso y digital. Todos los residentes de Asgardia obtienen una suscripción digital gratuita a la revista.

El Dr. Igor Ashurbeyli está celebrando junto a todos en Asgardia su 63.º cumpleaños.

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El Dr. Igor Ashurbeyli celebra su cumpleaños. Artículo de la página web oficial de Asgardia

Libra 28, 10-Sep 09, 26

El 28 Libra 0010 (9 de septiembre de 2026), el Dr. Igor Ashurbeyli, fundador de la primera Nación Espacial, celebra su 63.º cumpleaños.

¿Qué ideas han moldeado su visión del mundo? ¿Qué acontecimientos han marcado su trayectoria? ¿Y cómo se le ocurrió crear la primera Nación Espacial?

Hoy es quizás el mejor momento para repasar los hitos clave en la vida de esta persona extraordinaria y polifacética: un científico, ingeniero, empresario, visionario y filántropo cuya labor ha aunado ciencia, tecnología, negocios, creatividad y el impulso de abrir nuevos horizontes para la humanidad.

Desde joven se destacó como científico, ingeniero de sistemas y empresario hasta convertirse en el creador de la Nación Espacial; este camino ha estado lleno de giros sorprendentes. Él mismo los llama giros del destino.

En 1988, cuando la iniciativa empresarial privada en Rusia apenas empezaba a surgir de forma legal, Igor Ashurbeyli fundó su primera empresa, Socium. En una época en la que muchos se centraban en las oportunidades de un mercado en pleno desarrollo, él creó una de las primeras empresas del sector intelectual, ayudando a las personas a adaptarse a las tecnologías que surgían rápidamente, en particular a los ordenadores. Desde entonces, Socium ha evolucionado hasta convertirse en una sociedad holding multidisciplinar con intereses que abarcan desde las tecnologías de la información y la banca hasta el sector inmobiliario, la agricultura, la industria editorial y el desarrollo social. Para el Dr. Ashurbeyli, los negocios nunca han sido exclusivamente una cuestión económica, sino un medio para crear, impulsar y contribuir a la sociedad.

Su experiencia en ingeniería y su capacidad de liderazgo lo posicionaron en la vanguardia de la industria aeroespacial y de defensa. De 2000 a 2010 fue Director General de la Oficina Central de Diseño Almaz llamada en honor a A. A. Raspletin, una de las instituciones clave detrás de los sistemas de defensa aérea y espacial de la URSS y de Rusia. Su aportación a la ciencia y a la tecnología le valió la Orden Nacional de Honor en 2007 y el Premio del Gobierno de Rusia en 2010.

Sin embargo, las ambiciones del Dr. Ashurbeyli nunca se han limitado a la Tierra. En 2014 fundó la revista ROOM Space Journal, que pronto se consolidó como una publicación de prestigio gracias a su contenido fidedigno e innovador enfoque. 

El 12 de octubre de 2016, en una rueda de prensa internacional celebrada en París, el Dr. Igor Ashurbeyli anunció una idea que fácilmente podría haberse considerado como una historia de ciencia ficción al momento que declaró: Hemos decidido crear la primera nación espacial de la historia. ¿Es algo pionero, futurista y visionario? ¿O una locura? Llámenlo como quieran; el tiempo lo dirá.

Lo que comenzó como una visión audaz se convirtió en una iniciativa global que ha atraído a más de 1,2 millones de seguidores. Asgardia representa su visión de un nuevo tipo de sociedad: una sociedad basada en la elección consciente, el conocimiento; el éxito no es un punto final, sino un avance constante.

El compromiso con la filantropía y la creatividad también está profundamente arraigado en su herencia familiar. Como descendiente de familias aristocráticas persas y azerbaiyanas conocidas por su generosidad, el Dr. Ashurbeyli ha seguido esta tradición apoyando la educación, restaurando iglesias y contribuyendo a la rehabilitación de centros culturales.

Hoy, al celebrar su 63.º cumpleaños, el Dr. Ashurbeyli sigue inspirando tanto a sus colegas como a los Asgardianos de todo el mundo. Su trayectoria refleja determinación, valentía y una fe inquebrantable en el gran potencial de la humanidad. Cree que el universo está abierto a quienes están dispuestos a imaginar un futuro diferente, y su propia vida demuestra cómo una idea puede convertirse en realidad cuando la visión va acompañada de la acción.

Los recursos del planeta Tierra son limitados. ¿Podrían China, Rusia y Estados Unidos unir sus programas de colonización lunar en 2030?

Pensar en la unidad de la humanidad nos lleva a creer que la solidaridad es un puente que debe cruzarse en armonía. Ante la pregunta que plantea el Dr. Morozov existen caminos insospechados en la respuesta y la solución demanda acciones proactivas.

La solidaridad se convierte en red y energía compartida.

¿Será posible aprovechar la convergencia de recursos para intensificar el proceso de industrialización espacial global y reducir costes?

En un escenario distópico que en más de una ocasión prevemos los que observamos, hay una pregunta del científico que debe dejarnos alertas:

¿En lugar del «vertedero» que probablemente quede tras la Tercera Guerra Mundial de lo que hoy llamamos «civilización humana»? ¿Qué otro escenario alternativo o cambio de paradigma contemplamos?

El mundo que hemos construido desde luego que cuenta con valores y emprendimientos fascinantes; eso me lleva a la siguiente pregunta del especialista:

¿La transformación del espacio exterior en el principal instrumento de la política mundial?

Con estas reflexivas interrogantes, les invito ahora a adentrarse en el documento y sacar sus propias conclusiones:

Recordemos que precisamente el día de ayer se conmemoró el Día de la Solidaridad.

El Día Internacional de la Solidaridad se conmemoró ayer, 31 de agosto de 2026, como un recordatorio global de que la ayuda mutua y la cooperación son esenciales para enfrentar la pobreza, las crisis humanitarias y los desafíos colectivos. La fecha honra el movimiento polaco Solidarność de 1980, símbolo de resistencia pacífica y democratización en Europa del Este.

El Día de la Solidaridad es una fecha que nos recuerda que los hilos invisibles que nos unen —como constelaciones en la bóveda celeste— se fortalecen cuando actuamos juntos. En este día, reflexionamos sobre la importancia de la colaboración y el apoyo mutuo, reconociendo que cada acción, por pequeña que parezca, contribuye a un conjunto más grande.

La solidaridad es el fundamento de nuestras comunidades, y al unirnos en un propósito común, logramos enfrentar los desafíos con mayor fuerza y resiliencia. Este día nos invita a emprender iniciativas que fomenten la empatía y el respeto entre todos, creando un impacto positivo que trasciende nuestras diferencias y nos conecta en el viaje de la vida.